jueves, diciembre 21, 2006

65

Se llamaba Ana Belén González Simón, tenía 22 años y era camarera en un pub de Úbeda, Jaén. Él, de 19 años, la maltrataba y ella decidió cortar. No pudo resistirlo, se fue al bar, la convenció para que le acompañara al lavabo y le rajo el cuello. Cuando aún estaba la policía en el local, apareció con un amigo y se identificó. Detenido.

Y por cierto, a esta información yo no le veo ningún pero. Titula con la detención, no acusa de nada a la víctima...


No sé en qué punto de las estadísticas se plantea el problema. Llegamos hasta 60 asesinadas al unísono, desde la 62 mi contabilidad tiene un féretro más. Lo he repasado y no sé de quién se olvidan, a quién no han tenido en cuenta.


La flor es un jazmín blanco.

6 comentarios:

Ander Izagirre dijo...

Se me olvidaba contártelo. Hace unos días entré en el Centro Cultural Pablo Iglesias, en Alcobendas, un edificio espectacular. Han tenido una iniciativa preciosa: desde la misma entrada, el visitante se va encontrando con pequeños ramos de flores atados en las barandillas y los pasamanos. Un ramito por cada mujer asesinada. Y una tarjeta en la que se da el nombre de cada una de ellas y una breve explicación de cada caso. Lo mismo que haces tú. Y resulta bastante estremecedor, porque empiezas a subir escaleras y cada pocos escalones encuentras un ramo, y otro, y otro, y llegas a la tercera planta y los ramos siguen por los pasillos...

Ander

Lucía, con el jazmín en la mano, dijo...

Lo de las flores se me ocurrió el otro día. Había estado buscando colores para que el epitafio no quedara tan desangelado, y di con un clavel.
Lo del Centro Pablo Iglesias sí que debe ser... Y ver que siguen y siguen, y que tras cada uno de ellos hubo una vida, y muchos proyectos...

David Álvarez dijo...

Me sigue estremeciendo este recuento. El otro día estuve en un lugar que provoca sensaciones parecidas y que es similar a ese del que habla Ander. En el museo del holocausto de Jerusalén tienen, además del principal, un edificio para recordar a los niños judíos muertos, alrededor de un millón y medio, dicen. Entras en una sala casi a oscuras agarrando una barandilla. Dentro la única luz es la de tres velas, que se reflejan en cientos de espejos que hay por todas partes, hasta el techo, que debe de estar a unos cuatro metros del suelo. Pero es imposible saberlo: una vez dentro, se pierden todas las referencias, salvo la barandilla, que no hay que soltar. Mientras, se oyen los nombres de esos niños y, en tres idiomas, su edad y su país. Nada más. Dicen que sólo si vuelves 17 años más tarde, puedes volver a oír de nuevo los mismos nombres.

Lucía, estremecida, dijo...

¡17 año oyendo nombres! ¿Cómo han muerto esos chiquillos?

David Álvarez dijo...

De hambre, por el gas en los campos de exterminio, a balazos...

Nahum dijo...

Tienes razón, Lucía, a "esa información" no se le ve ningún pero...
¡aunque veces la palabra "presunto" suena tan postiza y forzada!

Muy interesante lo que cuenta David de su viaje. Conviene no olvidar
el Holocausto: así se entenderían más cosas.

 
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